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Demasiado arriesgado

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Después de estar dos semanas ensayando la pieza de microteatro “Es un secreto”; de realizar el vídeo que tanto os gustó (y que os agradezco un montón que lo hayáis visto); de pedirle a un viejo amigo teatrero que nos echara una mano en la dirección; y de que Irene se tuviera que meter en la piel de mi personaje; cogimos el coche y, con el acompañamiento musical de Miliki, nos fuimos camino de la Ciudad de las Termas.

¿Nuestro mayor objetivo? Sorprender. ¿Arriesgado? Mucho. ¿Lo sabíamos? Sí.

Nos metimos en un concurso de microteatro en el que todas las piezas que se presentaban eran comedia (la que menos, era una tragi-comedia). Presentada por dos cómicos y con un público que se moría de ganas por reírse. Sinceramente, cuando llegamos al teatro y vi que la risa era la protagonista, que el público se reiría con ellos, aún lo tuve más claro: pensé que eso, de algún modo, nos beneficiaría porque nos haríamos notar, no pasaríamos indiferentes. Pensé que dejaríamos una mini-huella al crear un ambiente dramático entre tanta comedia. Así que me despreocupé por completo.

Irene y yo nos fuimos para nuestro camerino y, mientras ella se caracterizaba, yo le iba sacando algunas fotos. Después, la gala comenzó. Irene entró en su momento de “trance” y concentración típico de los actores. Cuando el tercer grupo estaba en escena, subimos para el backstage y esperamos a que nos tocara el turno.

Os puedo asegurar que los diez minutos previos a la actuación de Irene, fueron los más largos de mi vida. Yo estaba muy nerviosa, hecha un flan; pero como todo se contagia menos la belleza, cuando Irene me miraba intentaba aparentar tranquilidad (posteriormente, Irene ya se encargó de decirme que no lo consiguiera). Me acuerdo que yo le ofrecía la botella de agua cada 10 segundos, como si en vez de salir a un escenario se fuera para el desierto…

Y llegó el momento. Los maestros de ceremonias salieron a escena para presentar la obra. Mientras, los regidores se encargaban de sacar el decorado (una mesa y una silla, tampoco me compliqué…). Decorado que al principio colocaron en el lugar equivocado, porque los presentadores ocupaban demasiado escenario. Esa fue la primera vez que me faltó el aire. Empecé a mirar a mi alrededor con cara de “colocad bien el decorado, por favor”. Finalmente se solucionó. Los presentadores salieron de escena y se apagaron los focos.

Segunda vez que me faltó el aire. Irene estaba justo delante de mí, entre las patas del escenario, a punto de salir; pero antes, debía decir unas frases desde allí. Esperó a que el público se callara. Yo seguía sin respirar, me parecía que Irene estaba tardando demasiado. Pero no dije ni hice nada porque sabía que eran nervios. Dijo sus dos frases y salió a escena. Se sentó en la silla, enfrente a la mesa, y los focos se fueron encendiendo paulatinamente, dejando ver a una señora de unos 50 años con arrugas y moratones por la cara. Una señora que cogió aliento y respiró hondo antes de decir su primera frase: “¿Alguna vez se vio obligado a matar a alguien?“. Ahí recuperé el aliento.

Durante los siguientes 9 minutos, entre las patas del escenario me encontraba yo. Viendo por primera vez a una actriz profesional interpretar, en un teatro lleno de público, mi guión, representar mi diálogo, meterse en la piel de mi personaje… no creo que sea necesario explicar lo que sentí. Mientras Irene hablaba, no se oía ni una mosca. Yo sonreía, había conseguido lo que pretendía: marcar una diferencia. El tiempo fue pasando e Irene iba llegando al final, a ese final derrochador, tremendo, con el que tenía que provocar un nudo en la garganta. Y lo hizo. Hizo más que eso. Lo comprobé cuando salió de escena y vi sus ojos llorosos. Se había metido tanto en la piel de esa señora maltratada que llegó a sufrir como ella.

Bajamos a camerinos, se desahogó, se tranquilizó y fuimos a platea para ver los dos grupos que faltaban antes de los premios. Ambas quedamos encantadas. No sabíamos si ganaríamos o no, pero las dos teníamos la tranquilidad de que lo habíamos hecho bien. De que Irene había arrasado. Lo había dado todo.

Finalmente, no tuvimos suerte. No fuimos premiadas. Y mientras tomábamos algo después de la gala, llegamos a la conclusión de que arriesgamos demasiado. Quisimos dejar huella, y la dejamos, pero la jugada no salió bien. Creemos que, con ese guión, dejamos al público un poco fuera de lugar, de contexto. Eran cinco comedias y un dramón de los grandes. Demasiado arriesgado. Pero felices.

Felices porque Irene volvió a casa con ganas de seguir luchando por el teatro, por hacer teatro. Y yo, con ganas de seguir escribiendo y produciendo. Ese viernes, el público me dio una gran lección: cuando vas a un teatro, quieres reírte, evadirte de la realidad; lo que menos te apetece al sentarte en tu butaca, es que te muestren lo dura que puede ser la vida. Porque eso ya lo sabes, lo ves en el Telediario todos los días. Estoy contenta, mucho, porque sé que entre el público hubo personas que se pusieron en la piel de una mujer maltratada (gracias a la tremenda interpretación), porque quizás se dieron cuenta de lo que una mujer es capaz de hacer por su familia, por ella misma. Porque quizás, a partir de ahora, esas personas entienden un poco más a esa sociedad minoritaria o comiencen a ponerse en la piel de los demás.

Perdimos, pero ahora sé lo que tengo que hacer. Sé lo que el público quiere ver. Sé lo que tengo que escribir. Pero, sobre todo, sé que seguiré escribiendo.

P.D: en breves, subiré el vídeo de la actuación para que vosotros mismos podáis opinar. Aunque ya lo podéis hacer ahora: Cuando vais al teatro, ¿qué es lo que queréis ver? Espero vuestros comentarios.