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Día Mundial del Teatro

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El 27 de marzo fue el Día Mundial del Teatro, y qué mejor fecha para recordar cómo comenzó todo…

Eran las seis de la tarde del 24 de diciembre de 1999.

En un día tan señalado, cualquier persona estaría en casa con su familia preparando esa cena tan querida por algunos y tan odiada por otros.

Yo no, no estaba en casa; pero tampoco estaba sola.

Me encontraba en un lugar jamás pensado por una niña de 10 años, que espera con los nervios a flor de piel la visita de Papá Noel.

Cuando miré el reloj, marcaban ya las seis y diez. Entonces, todo se quedó a oscuras y el murmullo de casi 200 personas se oía detrás de esa gran tela negra y pesada que me ocultaban de ellos.

Algunos de los que me acompañaban en la penumbra, comenzaron a decir esas dos palabras que yo me negaba a pronunciar – las niñas no deben decir palabrotas – cuando alguien se me acercó y me dijo: “te toca”; y como buena niña que no dice palabrotas, obedecí.

Crucé la tela negra. Unas grandes y potentes luces me obligaron a cerrar los ojos hasta acostumbrarme, al mismo tiempo que un aire caliente me cubría el cuerpo. Los nervios aparecieron en forma de escalofríos.

Miré al frente, y aunque la vista ya se había acostumbrado a la fuerte iluminación, no vi absolutamente nada. Me tocaba hablar, lo sabía y lo hice, sorprendida al comprobar que aun teniendo la voz fina de cualquier niña de mi edad, se me escuchaba y entendía a la perfección.

Recuerdo que en ningún momento me olvidé de quién era en realidad, aunque eso no fuera lo acordado…

A la media hora, las luces de la sala se encendieron descubriendo una cuarta pared llena de gente aplaudiendo.

Todo había acabado. Acabado de empezar.

Porque ese fue el día en el que todo cambió; en el que encontré algo a lo que aferrarme en los malos y buenos momentos; algo que me hacía disfrutar y aprender; reír y llorar. Y, con el paso de los años, me mostró mi vocación.

Ese día aprendí que hay muchas formas de contar historias y que todos podemos hacerlo. Decidí seguir creciendo encima de las tablas, aunque detrás del telón; a que la frase “mucha mierda” me llenara de orgullo y no de vergüenza, que formara parte de mi vocabulario. Decidí que esos focos que me cegaban y me inundaban de sudor fueran las luces que iluminaran mi camino; y a que esas personas que sustituían la cuarta pared, fueran mis acompañantes.

Decidí contar historias a un público decidido a escucharlas.