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El síndrome de Peter Pan

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Y llegué a su casa, como todos los días.

Salí del coche y oí gritos, como todos los días.

Y entré con total confianza, como todos los días (allí me siento como en casa, como siempre me hicieron sentir).

Pero no estaban discutiendo. Ni metiéndose prisa, como todos los días.

Estaban jugando, como pocas veces.

En el sofá.

Él estaba sentado.

Ella estaba encima de él, sentada en sus rodillas. Su cuerpo octogenario casi tapaba al del pequeño.

Y se reían.

Y él la abrazaba.

Y ella se reía.

Y él no la soltaba.

Y ella se reía con más ganas.

Y ambos gritaban. De felicidad. De alegría. De amor.

Y entonces lo entendí. Entendí que esos gritos de “estudia”, de “hazme caso” que tanto repetía ella, junto con los gritos de “ya voy”, de “déjame” que él siempre le contestaba, se borraban, desaparecían por completo, salían por la puerta devorados por sus risas, por su juventud y por la infancia.

Y entendí que la magia existe, que una mujer mayor puede volverse niña, olvidar dolores, tristezas y penas. Entendí que un enano de ocho años tiene poderes que lo hacen posible. Entendí su cariño, su respeto, su admiración por esa bisabuela que todo lo puede y que todo lo da.

Y quise ser como ella. Quise envejecer como ella. O mejor dicho, no quise envejecer, porque entendí que no dejas de jugar porque te hagas viejo, sino que te haces viejo porque dejas de jugar.

A todos los abuelos/bisabuelos que no se marchan, solo se hacen invisibles.