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Felicidades, pequeño

Ésta fue la primera vez que te vi. Llevabas cuatro meses y medio en la barriga de tu madre, ésa a la que tantos sustos le estás dando inconscientemente…
Recuerdo el día que nos dijeron que venías de camino. Era el día de Reyes y tú fuiste el mejor regalo. El corazón me iba a mil por hora mientras no paraba de repetir: “¡Voy a ser tía!”. Cuando me di calmado, me senté al lado de tu madre y estuve un buen rato con la cabeza pegada a su barriga, intentando sentirte, mientras ella me secaba las lágrimas. Y así me pasé los siguientes cinco meses y medio. Deseando que salieras para conocerte. Imaginando cómo serías y comprándote ropa “molona”. Yo siempre he sido la pequeña de la familia, por lo que nunca tuve a nadie a quien cuidar ni ver crecer. De ahí, mi ilusión loca por tenerte, por tu llegada.
Y parece que tú también tenías ganas de venir, porque lo hiciste con tres meses y medio de antelación. Sinceramente, no te esperábamos, todavía. Tu nacimiento fue un gran golpe para todos (qué decir de tus papis). Eras enanísimo, rojito, esquelético. Yo te conocí unos días después… Cuando me llamó tu abuela para decirme que habías nacido, yo estaba en un tren camino de Ourense, y mi intención era coger el primer tren para Santiago, pero no me dejaron. Ese día te dediqué el estreno de mi documental en la ciudad de las termas. Cuando ni siquiera tenías nombre.
Te conocí tres días después. Al preguntarme tu madre si quería verte, mi boca dijo que sí, pero mi corazón, me decía que no… Los médicos no estaban positivos. Nadie lo estaba y yo siempre digo que “ojos que no ven, corazón que no siente”. Perdóname pequeño; perdóname por ser tan dura pero la esperanza reinaba poco entre nosotros. Tenía miedo de conocerte y al poco tiempo, perderte. Tenía miedo de que mi saludo sonase a despedida. Miedo de que ese niño al que tanto tiempo llevaba esperando, viniese solo de paso. Cuando te conocí ni siquiera tenías nombre… porque teníamos miedo. Miedo a que te fueras, y el miedo puede llegar a ser muy cruel. Ese 23 de mayo, los médicos no te daban más de unas horas de vida. Luego días. Después semanas. Decidiste venir antes de tiempo, sin conocer las consecuencias. Y ahora, te están pasando factura. Pero da igual. Me da lo mismo porque estás aquí, y eso es lo más importante. “Podría ser peor” es la única frase que ronda por nuestras cabezas. Porque nosotros no queremos un hijo, sobrino o nieto perfecto. Te queremos a ti, y eso ya lo tenemos.
Y mírate ahora… hoy cumples tres meses. Y yo mañana 24 años. Ya lo he dicho: no quiero regalos; mi regalo me lo harás tú cuando te pueda coger en brazos y sentir tus latidos, tu respiración. Pero sé que para ello necesitas tiempo. No te preocupes, no tengo prisa. Tú crece; hazte fuerte, más de lo que ya eres. Sigue luchando junto a tus padres. Ellos te están esperando. Impacientes. Temblorosos. Tristes… Es curioso el poder que tienes, pequeño; porque tú eres la única persona capaz de quitarles la sonrisa y devolvérsela en segundos a unos padres primerizos que solo desean tenerte con ellos, en vuestra casa.
¿Sabes? Ya está todo preparado para tu “segunda llegada”, para tu llegada triunfal. Me imagino ese día: todos en el hospital, esperando fuera a que cruces la puerta en brazos de tus padres. En ese momento aplaudiré, lo sé. Aplaudiremos todos para que nos puedas sentir. Ese aplauso será nuestra forma de agradecerte todo lo que llevas luchado por vivir, por quedarte con nosotros. Porque la fuerza que tienes tú, pequeño… no la tiene nadie.
Y ahora descansa. Yo ya me voy. Te dejo tranquilo, pero pronto volveré. Tú solo cierra los ojos y deja que estos se curen. Coge aire y deja que tus pulmones se acostumbren a respirar. Siente cómo la sangre te fluye por la venas y llega a tu minúsculo corazón. Aliméntate y hazte grande. Porque cuando salgas de esas cuatro paredes blancas, cuando salgas de ese horrible edificio, te espera un mundo lleno de personas que te aman, de magia, de lugares maravillosos y sensaciones insospechadas.
Te espera un mundo en el que tendrás que seguir luchando por sobrevivir; pero tranquilo, nunca estarás solo, Teo.