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Ojos que no ven, manos que hablan

Relato perteneciente al guión del corto Oír, ver y callar (Basado en hechos reales)
Ojos que no ven, manos que hablan
Ya no recuerdo el sonido de este despertador, ni siquiera si alguna vez lo usaron como tal. Pero sí recuerdo dónde estaba siempre situado: en la cómoda de su habitación. También recuerdo que lo cogían, pasaban los dedos por encima, lo dejaban en su sitio y se iban. 
Es curioso el hecho de tener que usar las manos para todo. Y más cuando, mirando tu muñeca izquierda, ya sabes la hora en la que estás; cuando, mirando una prenda de ropa, sabes si es de invierno o de verano; cuando, al coger un cartón de leche, tienes la certeza de que no estás cogiendo el vino blanco…
Ellos no. Ellos usaban las manos o, mejor dicho, el dedo índice y corazón. A veces también variaban, dejándose guiar por los olores, pero siempre se acababan asegurando con sus dedos mágicos.
Él, tenía los dedos delgadísimos y muy finos. Como los de un pianista. La piel era como… como extremadamente delicada, tan fina que parecía que se fuera a quebrar en cualquier momento. A penas tenían arrugas y siempre, siempre, las extendía muy abiertas, con los dedos estirados, bien juntitos y las palmas hacia abajo. Como quien acerca las manos a una hoguera para calentarlas. Sus movimientos eran suaves, nunca las movía con brusquedad. Quizás por miedo a lastimarse, quizás porque no le hacía falta. Recuerdo que tenía una manía, una costumbre: cerrar el puño con el dedo gordo dentro, como para protegerlo. La misma manía que tengo yo desde bien pequeña…
Él no tocaba. Él acariciaba.
Ella, era totalmente distinta. Sus manos eran mucho más pequeñas y regordechas. Dedos cortitos y llenos de pliegues. Tenía la piel como “elástica”, podías cogerle el pellejo sin problemas. Sus manos estaban bien curtidas por el paso de los años o, quizás, por todos los trabajos que realizó a lo largo de su vida. Parecía que, si le intentaban clavar una aguja, ésta partiría antes de atravesarle la huella de los dedos. Y es que esas manos, no solo vendían cupones; esas manos también cocinaban, limpiaban, amasaban e incluso curaban, como las manos de todas las madres, ¿verdad?. Esas manos, sufrieron el gran invento de las vitrocerámicas, de los hornos, los microondas… porque de alguna forma había que comprobar que la comida estaba caliente ¿no? Ella las movía con rapidez, como si tuviera mucha prisa; eso sí, nunca tiraban nada, nunca derramaban ningún líquido. Tenían totalmente memorizadas la colocación de cada objeto. ¿Manías? Sí, una: aplaudían por todo; era la manera que tenían sus manos de celebrar una buena noticia; produciendo ruido. O quizás, hablando en su idioma.
Porque siempre he creído que sus manos hablaban.
Es cierto, no me miréis así. Aunque nosotros no pudiéramos escucharlas, sus manos les hablaban, les contaban secretos o simplemente les hacían llegar información. Yo lo sé porque lo he comprobado. He intentado mil veces que mis manos me hablaran, pero nunca me dijeron nada. He tocado mil veces con los ojos cerrados novelas en braille, relojes, despertadores, cintas… y nunca, jamas, me han dicho nada.
Mi conclusión:
Sus manos les hablan por la falta de imágenes. Por eso, están obligadas a hablar; pero a ellos no les importaba. Porque “ojos que no ven, manos que hablan”.