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Prohibido

Persona no autorizada, “non grata”.
Así es como me siento desde hace unos minutos. Hasta ahora me creía con poder. Pero me acabo de dar cuenta, de que yo nunca lo he tenido; que eras tú la dueña. La que me permitía seguir tus pasos, escuchar tus pensamientos; la que me permitía compartir tus alegrías; o, mejor dicho, alegrarme por tu buena suerte.
Durante estos pocos meses, si he podido hacerlo es, simplemente, porque tú los has querido así. Al igual que el final de nuestra historia. Un final escrito por ti, y en el que no se me ha permitido redactar ni una sola palabra. Una pena, habría tenido un final totalmente distinto, te lo aseguro.
En los tiempos que corren hay algo, una fuerza – no sé cómo describirlo exactamente – que nos da el privilegio de seguir a las personas que queremos, conocemos, admiramos… Pero, para ello, nosotros hemos de dar antes nuestra autorización. Y tú la habías dado. Tú decidiste compartir con todo el mundo una pequeña gran porción de tu vida. Y no te critico por ello, al contrario; yo también lo hago.
Esa fue mi única vía de escape después de tan terrible final. Era la única forma que tenía de saber si estabas bien, con trabajo, si eras feliz, si tenías alegrías o sufrías de desamores – tú siempre sufriste mucho de desamoríos… ¿te acuerdas? Seguro que no… – Sé que lo que hice no está bien. Pero todo tiene una razón coherente:
¿sabes por qué lo hice? porque tú nunca me dijiste “adiós”. Porque de pequeñas, cuando te decía “adiós”, me corregías diciendo: “adiós se le dice a los muertos”. Tú nunca te despediste de mí y, después de tanto tiempo juntas, creo que te conozco lo suficiente como para saber que, si no lo haces es porque algún día esperas un reencuentro.
Porque “seguirte” era la única forma de recordarte. Pero, sobre todo, de hacerme recordar. Era mi manera de evitar el adiós.
Hasta hoy.
Hoy me has prohibido la entrada. Supongo que para siempre. La razón la sé, no hace falta que me la digas. La razón viene “de arriba”, ya sabes a lo que me refiero. Como también sé que esto es lo más parecido a un “adiós” por tu parte. Y quisiera recalcar bien “por tu parte”, porque por la mía, los “adiós” solo se le dicen a los muertos. Y tú no estás muerta. Ni yo tampoco.
Y todo esto me hace pensar que algún día nos reencontraremos y todo habrá cambiado, a mejor claro está. Y esta forma de pensar es lo que me hace escribir en segunda persona. Porque cada vez que escribo, pienso que tú me lees, me sigues como yo te seguí hasta hoy. Puede que esto parezca una tontería, pero qué quieres que le haga. Ya han pasado dos años y no me acostumbro a estar sin ti. Eras importante en mi vida; y hace dos meses me di cuenta que lo sigues siendo y que siempre lo serás. Eras la persona con la que compartía todo lo que una niña de 20 años puede compartir con su mejor amiga. Pero lo que más me duele, lo que más me ahoga es saber que nuestra separación no corrió de nuestra cuenta. No la decidí ni yo, ni tú – por mucho que te hagan creer – la decidieron otras personas por ti. Y no has hecho nada para evitarlo.
Te entiendo. De hecho, no me hubiera gustado estar en tu lugar porque no sabría cómo habría reaccionado. En ese sentido, creo que has tenido mala suerte.
Así que, aceptando tras cada palabra que escribo, que nuestras vidas se separan todavía más; solo me queda esperar que pase el tiempo. Porque el tiempo cura heridas y le da la razón al que la tenía. O, simplemente, porque el tiempo hace olvidar.
Después de esto, solo te puedo decir “hasta pronto”.
Y, recuerda, que a mi lado, siempre serás una persona autorizada.