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Una dosis de realismo

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Esta mañana me levanté temprano, más de lo normal, con una sensación de nervios en el estómago que, aún ahora, me acompaña. Desayuné, arreglé mis cosas y me vestí. Pero no me vestí como todos los días. Esta vez pensé bien lo que me iba a poner. Escogí la mejor ropa que tengo, económicamente hablando; me maquillé con sumo cuidado, ni muy simple ni muy marcada, me peiné con la raya a un lado, pero sin tupé, dejando caer el flequillo sobre la frente. Me puse el “mejor” reloj, la “mejor” pulsera y el “mejor” anillo. Me quité el pircing del labio, tapé el agujero con un poco de maquillaje y salí.

Salí dirección a una reunión de trabajo. Podríamos decir que era una entrevista en la que yo me vendería de la mejor manera posible, dando a entender que me necesitan, que soy imprescindible, aunque no sea así…

Cuando llegué al edificio, me paré un momento en la puerta para silenciar el móvil; en ese momento, noté que alguien me miraba; levanté la cabeza y, por primera vez, tenía razón. Todas las personas que estaban en la terraza de ese edificio me observaban de arriba a abajo, quedándose con la mirada fija en mi pelo, quizás por los colores o por el corte de pelo, o por las dos cosas… Me sentí incómoda. Respiré hondo y entré.

El encargado de la entrevista me estaba esperando. Me ofreció asiento y un café, no dije que no… Cuando me acerqué a la silla, él se puso detrás para acercármela, luego se sentó él. Esa fue la segunda vez que me sentí incómoda…

Comencé a hablar, a ofrecerle mi trabajo, a contarle todo lo que podía hacer, los beneficios, etc. Mientras tanto, un camarero MUY bien vestido, nos trajo el café. En ese momento, preferí callar por un rato y dejar hablar a mi acompañante para saber qué pensaba y demás; mientras que él hablaba, eché el azúcar en el café y comencé a mezclarlo con la cucharilla; él hizo lo mismo. Entonces me di cuenta… yo estaba revolviendo el café sin percatarme del ruido que provocaba la cuchara al chocar con el pocillo; él evitaba “tal estruendo” revolviendo con mucha delicadeza. Ésa fue la primera vez que lo imité. Él seguía hablando por lo que decidí tomar el primer sorbo de café. Cogí el pocillo con la mano derecha, como quien coge un vaso de agua, y mientras bebía, lo miré: él también estaba bebiendo, con la diferencia de que cogía el pocillo por el asa y solamente utilizando dos dedos, habiendo retirado previamente la cucharilla del recipiente… Ahí ya no es que me sintiera incómoda, directamente me sentía fuera de lugar; así que lo volví a imitar. Posé rápidamente el pocillo en el plato, saqué la cuchara (estuve a punto de meterla en la boca para sacarle la espuma, pero pensé que podía estar mal visto…), dejé la cuchara, cogí el pocillo con tres dedos y por el asa (este hombre tenía que estar acostumbrado, porque el asa era demasiado pequeño para que no se tambaleara la taza…) y bebí; no lo puedo negar, bebí con dificultad.

La entrevista duró más de una hora, con excursión por el local para mostrarme todas las habitaciones (me enseñó hasta en los baños). Todo ello acompañado de una muy buena y completísima clase de historia del arte en la que no dejó de hablarme en ningún momento de los ilustres ferrolanos de los que, por desgracia, ya no se hablan (no es necesario decir nombres…). Al acabar la guía turística, me despedí con un apretón de manos (de la misma forma que él me había recibido, tercera vez que lo imitaba…), con un posible trabajo y con unas ganas de gritar, alucinantes…

Pero ese grito no era de alegría, era de queja. La Alba que había entrado en ese local, no era la que todos conocéis, la del pircing y el pelo pincho a dos colores y con sombrero. Era una Alba que no existe, que me tuve que inventar para poder conseguir un trabajo “de lo mío”.  Y entonces me dí cuenta de todo, de toda la injusticia que hay. De lo horroroso que me parece el hecho de que tengamos que disfrazarnos para gustarles a nuestro posible futuro jefe. De que no podamos ser nosotros mismos; ni podamos tomar el café con la cucharilla dentro si nos apetece, aunque corramos el riesgo de quitarnos un ojo; o no hacer ruido al mezclar el azúcar; o de sentarme yo solita sin ayuda de nadie. De que no podamos ser alegres si no estamos casados…

¿A qué viene esto último? Te preguntarás…

Viene a que en un momento de la conversación (casi al principio), el hombre me preguntó con curiosidad “¿estás casada?” a lo que yo, con una pequeña sonrisa le contesté “no”; entonces me contesta “¡Ah, vale! es que como te veo tan alegre”. Le respondí que soy alegre porque tengo la suerte de trabajar en lo que más me gusta… pero creo que él no me entendió.

Y así estoy aún ahora, frustrada porque sé que si a esa entrevista hubiera ido simplemente con la ropa que me suelo poner, seguramente no hubiera conseguido el trabajo. Porque fui a ganarme un sueldo y acabé interpretando el mejor papel de mi vida en un interrogatorio de tercer grado (no me preguntó mi nº de DNI porque Dios no lo quiso…). Porque si yo tomo el café con la cucharilla dentro, soy inferior a ellos; pero si son ellos los que lo hacen, nosotros debemos copiarles. Intentan aparentar acercándonos la silla para que nos sentemos y, lo que es peor, dejamos que lo hagan. No hacemos nada para demostrarles que por muchos modales que intenten aparentar, nosotros tenemos algo que ellos no tienen: educación, tolerancia y respeto hacia los demás. Porque toda esta gente se ha olvidado de que cada uno tiene el derecho de ser como quiere ser, cada uno viste como le gusta y nadie puede decirle si va o no va bien, porque nadie es superior a nadie. Y si me da la gana salgo a la calle con un tanga en la cabeza y que me digan lo que quieran. Para ellos, nosotros somos de clase baja, pero para mí, ellos solo son robots que se fijan más en la etiqueta que en el producto.  Entiendo que en todo trabajo hay unas normas, pero lo que me saca de quicio es que, a estas alturas, tengamos que inventarnos un personaje para poder conseguir un trabajo y gustar al personal.

Ese local… era un lugar en un mundo paralelo, donde la realidad es otra, su realidad. Donde solo pueden formar parte de ese mundo la gente que ellos mismos escojan y que tengan dinero para comprarles, porque eso es lo que hacen, venderse. Donde se sigue viviendo en el pasado. Donde las apariencias son lo más importante.

Y qué leches! Si quito la cucharilla, el café no me sabe tan bien.